viernes, 9 de diciembre de 2016

¡BRAVA!



Las cuatro voces principales fueron espléndidas ayer en la Ana Bolena del Maestranza. La mezzo georgiana Ketevan Kemoklidze con un registro amplio y matizado (inolvidable el duo Dio che mi vedi in core) e Ismael Jordi; qué timbre, qué afinación. Tiene una voz aflautada, delgada, recuerda al inefable Kraus, que se adapta a la perfección a la coloratura donizettiana.

Pero excelsa estuvo la norteamericana Ángela Meade.

Cuando quedó sola en el escenario y comenzó a cantar el aria en que, enajenada, suplica volver a su dulce pasado cerré los ojos y empecé a volar. Y no exagero. Sentí como se me erizaba la piel. La dulzura, la delicadeza, la pureza, la sensibilidad, la transparencia, la sutileza de la voz de la Meade, nos elevó, nos dis-locó, porque ya no estábamos en una butaca del teatro sino en el

 dolce castel nati,
en el  
queto rio 
che i nostri mormora sospiri ancor. 
 
La nota final quedo flotando en el aire, vibrando en el silencio, como la cuerda destensada que expulsa la última flecha.
No me pude contener y mi ¡brava! resonó también en el teatro verdaderamente agradecido ante tanta hermosura regalada. Mi mujer me pegaba codazos, pues ama la discreción, y no es que a mí me guste llamar la atención, pero cómo no agradecer momentos tan sublimes. Allí, tan cerca del escenario, con la cantante quieta, trasformada, en éxtasis.

Lo estaba esperando, lo merecía absolutamente:


¡Brava, Brava! 

viernes, 2 de diciembre de 2016

Una de conciliación


Llegamos a la inauguración un poco tarde. El mundo del arte se daba cita para contemplar  la "Abstracción andaluza 1957 al 1982".
Saludos a un lado y a otro. Sonrisas. Besos. 
Unas chicas monísimas vestidas de negro nos invitan a una copa de manzanilla deliciosa.
Entre Salinas, Barbadillos, Equipos 57, hábilmente colgados en las paredes charlábamos, diría que frívolamente, si no fuera porque el Arte con mayúsculas es cosa muy seria.

Pero cuánto nos costó llegar.

Nadie diría al ver a Reyes con sus taconazos, que acababa de limpiarse las manos en el delantal  tras empanar las albóndigas y, literalmente, soltarse el pelo que tenía recogido con una pinza,  o que yo acababa de recoger en la bici y bajo la lluvia a Santiaguito de un cumpleaños.
Cuando la última albóndiga salió de la freidora salimos nosotros también apresuradamente, yo intentando que no se notase mucho mi contrariedad por la demora.
Volvimos más relajados.
Aún hube de "colaborar" con Manolito en un poema sobre "Europa" y repasar con Pilar las capas de la atmósfera.
Cuando nos íbamos a la cama me informa Reyes de que "la chica" no puede venir mañana porque está enferma.
Suspira cansada ¡Menos mal que tengo hechas las albóndigas!


¡Glup!

miércoles, 30 de noviembre de 2016

viernes, 25 de noviembre de 2016

Mi amigo güelfo

Siento que participé ayer en un acto  memorable. La presentación de "Memorias de un Güelfo desterrado" de Armando Pego Puigbó.
Jaime Galbarro, de la editorial, condujo el acto con maestría.
Lutgardo García Díaz había elaborado una pieza exquisita, una acertada filigrana. Es, además de un gran poeta, un gran orador y prende al auditorio desde las primeras frases, mientras va hilvanando un discurso  bien trabado, ingenioso, lúcido y ameno. Exactísimo. Redondo. Cuando concluye, tenemos la fresca sensación de haber escuchado una hermosa sonata de Mozart hábilmente ejecutada.
Con estos mimbres, me allanó el paso, de tal manera que hubiese sido un necio si no hubiese aprovechado a un público ya rendido. No tuve más que enmarcar los textos que había seleccionado para que los asistentes pudieran atisbar la profundidad de la obra.
Hay momentos mágicos, únicos. Cuando se fueron desgranando las palabras del autor, tan profundas, tan verdaderas, tan conmovedoras; cuando pasando del texto se iban pronunciando y resonaron en la pequeña sala, se produjo un efecto casi sacramental. Como un hálito indefinible nos unió a todos. Al concluir el pasaje de la muerte de su padre con  las palabras de Tobít  ¡Te veo, hijo, luz de mis  ojos! o el de la exhumación ante los restos de la sepultura de los hermanos con la frase paterna "Chato, no queda nada de él", el silencio era tan intenso, que todos  sentimos, que estábamos ante algo inefable. Tanta verdad abrumaba.

Yo disfruté muchísimo. Agradezco infinito al autor la oportunidad que me dio de ser su portavoz.

Armando, concluyó con un texto luminoso donde, con la inteligencia y erudición que le caracteriza,  nos adentró en el significado personal de su obra.

Lo recordaré siempre. En esa pequeña sala, en una  noche íntima de noviembre en Sevilla, sin estridencias,
casi sottovoce,  tuvo lugar un hecho grande, importante y solemne.
Yo estuve allí. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

Cada cual que haga su lista



Aunque a mí me parece el escrito perfecto, no tengo más remedio que indicarle a Pilar las faltas de ortografía, que son, precisamente, lo que a mi me hace verlo tan perfecto, por su ingenuidad y por todo lo que le queda por aprender. Llegará el día en que escriba sin errores, pero ya no será la carta de los Reyes Magos.

martes, 15 de noviembre de 2016

PASA JESÚS NAZARENO


A su regreso, parado  ante el magnifico retablo cerámico del Cristo del Amor

Han salido 220.000 personas a la calle a ver el Gran Poder en su salida extraordinaria. Eso son como 4 o 5 veces los habitantes de una ciudad de provincias .
Ha pasado por la puerta de mi casa a la ida y a la vuelta de la Catedral, se ha parado ante ella y ha seguido su camino.
Un silencio hondo y antiguo acompaño al Señor.
La gran plaza enmudeció cuando aparecieron los ciriales. Como un manto el silencio se extendía y el Señor pasaba entre una multitud ingente que, sobrecogida, era como si no existiese. Un ciego, con su hipersensibilidad, sólo hubiese notado el raro sonido de miles de respiraciones acompasadas y cientos de alientos contenidos, y quizás, el leve click de los móviles, de miles de aparatos capturando el instante, tributo que ha de pagarse a la modernidad.
Sólo una vez que concluyó la procesión, cuando uno se repone de la impresión se percata  de ese fenómeno.
220.000 personas de todas las clases sociales, de todas las edades, comportándose con un decoro y un saber estar que creíamos perdido.
Me reconcilia con mi ciudad y con la Semana Santa que es capaz de estos prodigios.
Alejado de la ordinariez imperante, de lo pretencioso, de la farfolla ruidosa, de la ostentación chabacana, de la trompetería infame que parece que se apodera de ella y que tantas veces nos hace mover la cabeza con el desesperado ¡ no es eso, no es eso!.  Sólo por una experiencia como esta se redime todo lo demás, como un solo justo redime una ciudad.

El ciego de Jericó, no hubiese necesitado preguntar, un silencio inmenso le contesta rotundo: es Cristo que pasa.
A la ida a la catedral. El silencio es clamoroso