jueves, 22 de septiembre de 2016

El que nace para ser ahorcado......

Que en un pueblecito perdido de la sierra encontremos una joya nos sorprende. Que permanezca este magnífico retablo en el mismo lugar desde el siglo XV, sin que se lo llevaran los millonarios americanos a sus museos, ni lo quemaran los rojos, ni lo malvendiesen los párrocos postconciliares es para congratularse.
Además perfectamente restaurado. Desde los bancos de atrás, en misa, mientras el sacerdote rural, cantaba desaforada y desafinadamente, y todos mis hijos reían (la homilía sin embargo fue breve, sencilla y sensata) yo me dejaba las pestañas tratando de averiguar si tanto esplendor era cierto o una copia.
Al final nos acercamos a admirarlo, era genuino y verdadero, con detalles deliciosos en su ingenuidad, como este Judas que para que a nadie le quede dudas de su carácter artero, roba una rosca que esconde detrás.

...nunca morirá ahogado



lunes, 12 de septiembre de 2016

Mea culpa o la lección de las lentejas

Vista a la izquierda

Vista a la derecha
Sin premeditación llegan momentos espléndidos.
La cena ha terminado. Los niños preparan sus cuadernos y materiales nuevos para empezar el cole.
He subido a la azotea, me he sentado en mi esquina favorita, ya que veo el Salvador a mi izquierda y la Catedral a la derecha. Me dispongo a concluir la Odisea. Ulises acaba de cargarse a los pretendientes en un baño de sangre que ni Tarantino. En el spotify he abierto una carpeta olvidada de favoritos que me sorprende y deleita constantemente, suenan Couperin, Handel… en este momento I´ll be seen you canta Billie Holiday. El rosal y la buganvilla están pletóricos gracias a unos gránulos de abono que me han recomendado y la noche está silenciosa.
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He tenido que terminar está entrada esta mañana, ya que mi percepción había sido errónea. Cuando estaba en pleno éxtasis, subió mi mujer recriminándome mi "pacifismo" y lo improcedente de aplicar “el principio de no intervención” mientras ella daba de cenar a los niños, los acostaba y ponía las lentejas para el día siguiente.
Uno que estaba tan confiado en que todo iba rodado en la planta baja. ¡Qué iluso! Aunque la interrupción me sentó como un tiro, debo reconocer que, aunque sin ser plenamente consciente (ella entiende que hubo dolo) era culpable.

La lección es clara: no se puede, ni se debe,  disfrutar de la noche, la brisa y las rosas, si antes no se ha terminado con las lentejas.

viernes, 2 de septiembre de 2016

SAL Y SOL

Todas las puestas de soles son maravillosas, porque tiñen de rosa hasta lo más gris, pero las de Sanlúcar son imponentes.
En el horizonte, como un doblón de oro recién acuñado, se hunde el astro. Es inevitable la comparación, porque en esa lejanía ha naufragado más de un galeón con su carga de caudales de ultramar y más de una familia a visto su riqueza tragada lentamente por las aguas, desde las torres de las casonas, sumiéndoles desesperadamente en la ruina, (otro día contaré la historia de los Arizón).

Y antes, me pregunto, con qué lo compararíamos, porque el sol viene ocultándose en el mar indiferente a la gesta Americana.
Pues antiguamente simularía una gota de aceite de la minerva romana que, rotunda, cae en un plato de garum, y antes incluso, un pectoral cincelado


de los Tartesos, del oro del tesoro escondido en las marismas del Coto, cuando todo era un inmenso lago de limo y plata.
Y cuando no había un hombre aun sobre la tierra. Pues entonces no había metáforas, que pena.
Aún así algún pájaro lo confundiría con un guijarro pulido y luciente, reverberante en el fondo de la albariza.
y antes...
Bueno, antes la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo.


Ayer mi padre cumpliría 76 años. Solíamos escuchar las inefables canciones de Strauss cuando contemplábamos la puesta de sol desde esa perspectiva.

jueves, 1 de septiembre de 2016

CAFE SOCIETY EN EL CERVANTES



Si puedo voy al Cervantes, porque así contribuyo a mantener el teatro más antiguo que queda en Sevilla, tras la demolición imperdonable del San Fernando en 1973.

Es una delicia entrar en esa sala de cine magnífica, donde, desde hace más de 150 años hay representaciones y por la que ha pasado la historia del cine.

Curiosamente, Cafe Society refleja ese mundo glamuroso de Hollywood, cuyas obras se han estrenado coetaneamente en la sala en la me hallaba. Palcos, galerías, gran lámpara...


Es el sitio perfecto para ver al siempre estupendo e ingenioso Woody Allen, que a mi no me defrauda casi nunca, y ayer no lo hizo.

Actores simpáticos, actrices bellas, diálogos divertidos, música amena, ambientación perfecta, vestuario sofisticado...

Su nihilismo, tan frivolón y acorde con los tiempos, no es tan ácido en esta película, y por ello no pierde un ápice de encanto.

Deseando estábamos de que se encendiese la pantalla para evadirnos de los dos contratiempos domésticos que se plantearon mientras Reyes y yo caminábamos hacia la sala. Ignacio quería ir a Isla Mágica y debía quedarse con sus hermanos, Reyitas debía venir un día antes de Conil para su examen del Conservatorio, que era antes de lo previsto.

Al fin se apagaron las luces y con ellas se disolvieron los problemas.

Se pasa un rato chispeante, refrescante, como la lata de Coca Cola que nos tomamos.

De regreso a casa a media noche ya estaba todo felizmente resuelto.

viernes, 26 de agosto de 2016

De luna de miel, padre guay y un huevo frito con patatas.

Con dos, estamos de luna de miel le digo a Reyes cada día. Los tres mayores en la playa. Qué diferencia, los desayunos y comidas se recogen en un pis pas, no se oyen peleas y la casa es una balsa de aceite. Una balsa en la que además hay espacio para todo. Nosotros en la azotea, los enanos abajo, la luna de verano, uumm...

Ayer me los llevé a la piscina. Lectura, sol y natación hasta que me requirieron para sus juegos. No sé que me pasó, será la miel de la luna, que me salí de los habituales. La barca de turbulencias, el carrusel o la barcarola. A pesar de sus nombres son bastante cafres y procuro hacerlos sin que me riña el socorrista. Estos últimos tienen su soniquete, por ejemplo, el carrusel, el carrusel, quien no se agarra no se queda en él, y trato de expulsarlos violentamente de mis brazos, mientras giro. El robot o Dr Hyde, sólo puedo hacerlo en la playa, donde la gente no me reconozca. Es como un muñeco diabólico que es bueno o terriblemente malo según se le pulse la nariz. Los niños se lo pasan pipa y sienten una mezcla de fascinación y terror.

Como estaba solo con ellos me sentí tentado de inventar algo distinto para distraerlos. El Tiburón, les dije, y los perseguía en el agua para darles grandes dentelladas (pellizcos) en los muslos. Me fui animando y ya pasé a perseguirlos fuera de la piscina, y ese fue mi error. Ya traía una lesión de hace unos días, cuando jugando al baloncesto con mis hermanos en Sanlúcar, rebotes, saltos, ímpetu de veinteañero... olvidé que voy para los cincuenta, y al tirarme de cabeza a por Santi, me dio un tirón  (una rotura fibrilar del gemelo izquierdo) que ví-veo las estrellas.
Eso pasa por ser un padre guay. Lo tengo merecido. Los padres donde deben estar es en la hamaca, leyendo y con gesto de reconvención permanente, porque permanentemente hay que estar reconviniendo. El bobo que se excede, como yo, ahí tiene las consecuencias.

Cojeando cenaron en el Burguer King. Con dos todo es más fácil. Así no hay que hacer cena. Reyes y yo, con ellos ya ahítos y manchados de helado, nos fuimos a una abacería cerca de casa. Curiosamente antes era una estupenda tienda de antigüedades, de mal recuerdo para mí. Mientras tomaba mi botellín fresquito, sentado junto a la cristalera, me acordé que ese era el escaparate donde descubrí una "Inmaculada" del XVII, que mi abuela había prometido que sería para mí, y por azares familiares, acabó allí, casualidades de la vida, al lado de mi casa, vendida al mejor postor.
Pedí una bolsa de patatas y me pregunta la chica, muy mona ella, la verdad, que si quería sal de huevo.
Pásmense (si no la conocen), era una sal del Himalaya- me explicó- y talmente como si uno estuviera mojando las papas en el huevo frito.

Tras el segundo botellín, Pilar había partido una servilleta en miles de pedazos esparcidos por el suelo, que mandé recoger.

Reyes, paga, que voy saliendo con estos dos potros. Ella llevaba la tarjeta, yo ni un duro.


Adiós, le dije entre la bulla a la gentil camarera, muy buenos los huevos con patatas. Se quedó un instante sorprendida de que me fuese sin abonar la comanda, aunque la saqué pronto de su error, dándome el gustazo de decir desde la puerta ¡que hoy paga mi mujer!

sábado, 13 de agosto de 2016

Cuestión de matices

Se quejan todos, especialmente Manolito, de que no les dejan nadar en la piscina unas "viejas gordas"... Comprendo perfectamente que se refieren a esas señoras impertinentes que siempre ha habido y eternamente habrá, que no quieren que les salpiquen ni les molesten los niños, estropeándoles la peluquería. No obstante, nos escandalizamos y exigimos respeto a "las personas mayores" y le afeamos esa manera de hablar.
Sin embargo ellos no transigen con la injusticia y declaran que llegaron antes y ocuparon sus calles para nadar mucho antes que esas "ancianas obesas".

miércoles, 10 de agosto de 2016

Rua das janelas verdes


Íbamos a Pontevedra y paramos en Lisboa. En la Rua das Janelas Verdes, un hotelito discreto y precioso. Se trata de un  antiguo hospedaje, fundado allá por la segunda mitad del XIX por una pareja de damas inglesas que se instalaron en un antiguo convento carmelita desacralizado por el marqués de Pombal, junto a la residencia de un pastor protestante, que vino a convertir a los lisboetas. Da para una novela.

Pasillos larguísimos con suelos de madera gruesa y pulida. Muebles y aparadores de roble. Una salita inglesa desde donde se vislumbra un retazo del mar entre las fachadas de azulejos de las casas de enfrente.

Mucho silencio. Una terraza con flores y plantas y el suelo de piedra. La casa tiene algo de laberinto y parece hecha de piezas inconexas.

La rua es tranquila y en la puerta del hotel, para descargar las maletas, el mozo nos dice que paremos allí sin problema, en medio de la rua, por la cara, ocupando el carril. Los portugueses no se enfadan y esquivan mi coche cuando el otro carril queda libre. Nadie pita, nadie se extraña, nadie me grita. Me fui y aparqué en una zona azul, donde el parquímetro estaba estropeado y me dijeron que no tenía que pagar.  Al partir del hotel al día siguiente ya cargué sin ningún pudor y ninguna prisa. En medio de la calle. Los portugueses ni me veían y pasaban por el otro lado, comprensivos y amables. En España, tan legalistas nosotros, nos hubiésemos desgañitado mentando a la madre del que osase interrumpir la calzada y habría tenido que transportar maletas y equipaje desde el fin del mundo antes que interrumpir la sacrosanta circulación.

Cuando salía para Oporto pregunte a un guardia local. Estaba a 50 metros de la dirección correcta, pero tenía que pasar por un carril reservado a transporte público. Me dijo que pasase que si no me iba a perder dando vueltas, estando tan cerca… Igualito que en España, donde me hubiesen mandado a la chimbamba, con niños y maletas incluidos, antes que infringir la norma, cuya misión es no colapsar el carril de autobús, cosa que yo no iba a hacer,  pero no importaría, la norma es la norma me hubiese indicado algún policía ufano y cerril. La tiranía de la sensatez…

Prefiero Portugal, su campechanía y el insensato desenfado de la calle de las ventanas verdes.